Ayacucho y Uchuraccay, reconstrucción y memoria de la impunidad


Recorrer las ordenadas, limpias y, sobretodo, silenciosas calles de Huamanga me hicieron creer que estaba en otro país. Porque Lima es desordenada, sucia y bulliciosa, mientras en Ayacucho uno percibe un ambiente diferente. Al que se suma la cordialidad de la gente. Quiero aclarar que no es culpa ni virtud de la ciudad, sino de sus pobladores. Los limeños creamos ese ambiente que muchas veces nos asfixia. Los ayacuchanos han sabido resurgir de las cenizas, cual Ave Fénix, y transformarse en una parada obligatoria para todos los que buscan un remanso de tranquilidad.

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Pero, debo decir que yo no fui a Ayacucho de vacaciones. Mi viaje era en memoria del pasado, de un pasado bañado en sangre, los años del terrorismo, en específico de 1983. Cuando ocho periodistas y un guía partieron al monte en búsqueda de respuestas sobre asesinatos que tenían todos los visos de abusos a los derechos humanos. Su tarea fue interrumpida en el poblado de Uchuraccay, donde fueron asesinados. Desde esa fecha hasta la actualidad, las Fuerzas Armadas y distintas autoridades han buscado difundir la versión de un crimen aislado de los comuneros, sin embargo, ni siquiera los gobiernos sucesores del Perú aceptan totalmente esa versión. Por no decir los organismos internacionales de derechos humanos con los que nuestro país tienen filiación, que descartan muchas de las “pruebas” oficiales.

Los lectores que siguen este blog probablemente ya saben que soy socio y directivo de la Asociación Nacional de Periodistas del Perú, y es justamente la ANP la que por 23 años viene realizando la Ruta por la Paz y la Reconciliación, siguiendo las huellas de los periodistas hoy reconocidos nacional e internacionalmente como los Mártires de Uchuraccay. A 4.010 metros sobre el nivel del mar, se vivían auténticas masacres en los 80 y parte de los 90, donde Sendero Luminoso y las FFAA trataban al humilde poblador, campesino, de manera infrahumana. Tal como vemos horrorizados en filmes del Holocausto, sólo que eso sucedía en nuestro Perú. Se buscaban borrar pueblos enteros, como el caso de Putis donde se asesinó a 123 campesinos en 1984, cuyo dramático testimonio habría sido adaptado por el cineasta Francisco Lombardi en el filme La Boca del Lobo.

Muchas veces a quienes perseveramos en mantener vigentes estas denuncias, que nunca han encontrado verdadera justicia, se nos tilda de rencorosos, de vivir en el pasado, de ignorar los sacrificios de una guerra interna. Voy a responder con simpleza a estas hipótesis, buscar justicia no es sinónimo de rencor, significa sentar precedente en un Perú donde la impunidad sigue siendo “el pan de cada día”, los presuntos autores reales de la masacre de Uchuraccay ya han ido muriendo tras 37 años desde la matanza, entonces es absurdo hablar de rencor. Lo que se busca castigar es el crimen aún más que al criminal. Sobre vivir en el pasado, no tener memoria es condenarse a repetir constantemente los mismos errores. Convertirnos en animales de costumbres, no evolucionar. Esa, por lo menos, no es mi aspiración para la humanidad de la que formamos todos, no aprender de nuestras catástrofes es mediocridad. Quizás lo que más me preocupa es oír a la gente referirse a la “guerra interna”, en primera porque es un término vaporoso que pretende hacer las veces de una guerra civil (que suele regirse bajo ciertas leyes). La guerra interna no es otra cosa que “terrorismo de estado”, donde asesinar inocentes es común y corriente. Fascismo y nazismo.

Ayacucho fue el epicentro de toda esta violencia, que castigaba y diezmaba a niños, niñas, mujeres y personas de la tercera edad. Donde el poblador no sabía dónde voltear, ante los rostros del senderista y del militar. Visité el museo de la memoria, en un corto espacio te dan un testimonio contundente. En el recorrido escuché a un niño preguntarle a su padre “¿esto es verdad?”. Ante el gesto afirmativo de su progenitor, el pequeño le dijo: “¿Por qué me muestras esto?. Para que sepas lo que puede llegar a hacer la gente”. A buen entendedor, pocas palabras.

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En un Ayacucho que a fines del siglo pasado contabilizaba más de 70 mil víctimas ya sea por Sendero Luminoso como por el propio Ejército, mi primera pregunta es cómo es posible caminar por calles y distritos donde la hospitalidad, el emprendimiento empresarial, la generosidad y el arte parecen emerger a cada cuatro pasos. No se han olvidado de nada, pasé una velada realmente emotiva y emocionante en honor de otro colega asesinado salvajemente como es Hugo Bustíos, donde escuchar a sus hijos, amigos, vecinos, colegas y paisanos se traducía en un clamor de justicia contra un sujeto como Daniel Urresti, increíblemente el congresista más votado en Lima, y presunto homicida de Bustíos. Después dicen que la memoria no es necesaria, claro que lo es, sí todavía seguimos intentando vivir en una amnesia colectiva.

Yo comprobé que el ayacuchano promedio no ha olvidado. Cómo podrían hacerlo, cuando muchos de los desaparecidos eran familiares y amigos de las familias que han reconstruido Ayacucho. Sin embargo, el dolor no siempre se convierte en resignación, el legado nos motiva a levantarnos y crear algo mejor, un memorial que se traduce en obras, seguir el sueño de los y las madres y padres, hermanos y hermanas, hijos e hijas que en un día cruento y voraz fueron arrancados de la vida por seres irreflexivos, maniatados de un sistema inhumano y animalizado. No se trata de condenar a un peón, sino a un alfil e incluso a los reyes de ser necesario. Uchuraccay no es pasado, sus mártires tampoco. Ayacucho no es pasado, tampoco sus víctimas. Todo esto es Perú, bicentenario, un Perú que también derramó mucha sangre injusta e impunemente.
Manuel Salazar Ordoñez

Categorías:Coyuntura, Derechos Humanos, PeriodismoEtiquetas: , , ,

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