Auschwitz: El día que se abrieron las puertas del infierno


El 27 de enero de 1945 no fue un día más para cientos de hombres, mujeres y niños que se aferraban a la vida con los últimos vestigios de fuerza y humanidad que aún anidaban en sus cuerpos, tan castigados y famélicos, y almas, mancilladas por la injusticia más salvaje. Ese día había una sensación extraña en aquel inmenso campo cercano a la ciudad de Cracovia.

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Después de tanto tiempo en que el olor de cuerpos quemados, las cenizas que expulsaban las chimeneas del horror, los cuerpos devorados por pulgas, piojos, ratas y otras alimañas. El sudor frío que te inundaba la piel al ver acercarse a esos hombres uniformados con insignias cadavéricas y las terribles SS como estandarte. De descubrir que tu vecino de barraca, si a esos cuchitriles se les puede llamar barracas, había desaparecido de la noche a la mañana. De preguntarte, cada vez más desesperanzados, si esa esposa, esposo, hijos, padres que te acompañaron en aquel asfixiante tren de ganado seguían con vida. Después de todo ello, algo se percibía distinto ese 27 de enero.

Entraban soldados, pero no eran los de la SS, hablaban ruso. Llegaban médicos, muy diferentes en su trato e intenciones de aquel Ángel de la Muerte nombrado en susurros atemorizados como Doctor Mengele. Había desconfianza, por supuesto, después de tantas vejaciones, palizas, balazos, selecciones, seres queridos, amigos y vecinos que se suponía iban a recibir una ducha para nunca más volver, sólo cenizas. Los cientos de prisioneros que quedaban en ese campo estaban tan enfermos que fueron dejados días atrás por sus miles de compañeros que desfilaban a punta de arma de fuego en lo que luego se conocería como la marcha de la muerte.

Los soldados rusos intentaron comunicarse con los prisioneros, gracias a que algunos hablaban el idioma (incluso había rusos entre los habitantes del campo) pudieron enterarse que aquel día soñado, la liberación del campo de la muerte nazi, había llegado finalmente. Las tropas soviéticas avanzaban inexorablemente para alcanzar una de las fronteras alemanas, las norteamericanas hacían lo propio por otra frontera. Pero, para los esclavos de Auschwitz ese 27 de enero era el final de su guerra personal. El gran día de su victoria, el premio la vida, el castigo la memoria del suplicio que vivieron.

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Volvemos al 2020, se cumplen 75 años desde la liberalización de Auschwitz. Hoy recordamos a todos aquellos que fueron reducidos a cenizas, después de pasar sus últimas horas en filas, desnudos y desnudas, con la mentira de una ducha. De entrar, amontonados, hombres, mujeres y niños a una cámara donde habían duchas donde no brotaba agua, sino el gas surgido del letal desinfectante conocido como Zyclon B. Judíos, gitanos, comunistas, homosexuales, enfermos, personas consideradas como “diferentes” para el retorcido juicio nazi. Hoy, los recordamos y quisiéramos honrarlos diciendo nunca más. Pero, la humanidad no aprende de sus errores, cambian los escenarios, cambian las víctimas, incluso los herederos de las víctimas de aquel infierno hoy agreden a otros.

A título personal, el año pasado, visité Auschwitz. Fue impresionante y ya lo he contado en su momento. Creo que es una experiencia que en lo posible todos, hombres, mujeres, adolescentes y niños deberían tener. Es el recordatorio de lo que podemos llegar a hacer y la constancia que no hemos cambiado. Basta darle una mirada al mundo actual. Nos seguimos matando. Hasta cuándo?

Manuel Salazar Ordoñez

Categorías:Coyuntura, Derechos Humanos, HolocaustoEtiquetas: , , , ,

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