¿Rambo es un héroe americano o un loco con metralleta?


Con setentaitantos años encima, maleteado y torturado toda su vida, es imposible que John Rambo deje de ser quién es… una máquina de matar, un señor de la guerra. Y, como enfatizo en el título de esta columna, un héroe americano y, también, un loco con metralleta. No le estoy faltando el respeto a Sylvester Stallone, jamás me atrevería a molestar a uno de mis ídolos cinematográficos, pero él mismo ha admitido hace unos días que la identidad moral de Rambo es ambivalente, o si se quiere, difusa.

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A Rambo lo elogió Ronald Reagan siendo presidente norteamericano, a pesar que su primera película (1982) lo presentaba como un trastornado alborotador de un pueblecito gringo. Otros lo definieron como el John Wayne de Vietnam. Niños y adolescentes, de ese entonces, lo veíamos como un héroe de acción y lo imitabamos con juguetes alusivos. Algo que, hoy por hoy, sería atemorizante con tanto muchacho que dispara a matar en sus escuelas.

Pero, todo esto no es asunto de Rambo ni de Stallone. Que lanzan una quinta película de la dilatada saga, prevista por muchos como una ridiculez o una parodia. Equivocación, Sylvester Stallone asume con mucha responsabilidad las secuelas tanto de Rambo como de Rocky Balboa. Les pone fibra, punch, además de asumir el inexorable paso del tiempo. En Rambo: La Última Misión (prefiero su título en inglés: Rambo Last Blood o Rambo Última Sangre) el personaje sigue siendo salvajemente letal, pero vulnerable como nunca antes. Duele cuando le pegan.

Es imposible no tratar el trasfondo político de Rambo Last Blood. Por más que Stallone haya ensayado algunas respuestas vaporosas a la prensa. Ver traspasar todo un convoy de sicarios mexicanos por la frontera norteamericana, imposible en la práctica, es un alegato al infausto muro de Donald Trump. Sylvester tiene su corazoncito republicano y Rambo por más que odie a Nixon, fue aplaudido por Reagan y adelantó (en Rambo 3 de 1998) la guerra de Bush hijo contra Afganistán. Por suerte, tal y como en todas las cintas de Rambo, es purita ficción.

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Me da gusto el sostenimiento del personaje, porque Rambo no es sólo un justiciero sino que un desequilibrado. Aspecto que tanto la segunda como la tercera película camuflan. Recién en John Rambo-2008 volvemos a tener esa duplicidad entre el justiciero de pueblo y el loquito peligroso, protegiendo a un grupo de misioneros que lo ven horrorizados arrasar con los birmanos. Sylvester Stallone no es un Al Pacino, pero sí es un genio del cine de entretenimiento. Sólo por Stallone, Rambo aún ametralla en la taquilla en época de superhéroes. No puedo cerrar esta columna sin la frase más significativa del Rambo de mi infancia: “Esta vez es personal”‘-Rambo 2 (1985).

Manuel Salazar Ordoñez

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