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Auschwitz y las cuatro etapas del maltrato inhumano


Los judíos, los gitanos, los homosexuales, los políticos incómodos al gobierno nacionalsocialista, los prisioneros de guerra (sobretodo los soviéticos) y todo aquel que el régimen nazi considerada inútil a su tan mentado Reich de los Tres Mil Años eran dirigidos a los campos de exterminio y campos de esclavos, donde también los exterminaban haciéndolos trabajar en condiciones subhumanas hasta la muerte.

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Muchos saben de una de las más horribles maneras de matar a los que consideraban no aptos para el trabajo esclavo (niños, viejos, hombres y mujeres débiles físicamente) era con la denominada Solución Final al «asunto judío» (así de fría e impersonal fue la denominación que en una reunión en Wansee llamaron a esta masacre) en las infaustas cámaras de gas. ¿Pero era ésta la forma más terrible de morir en un campo como Auschwitz? ¿Qué pasaba con los que eran elegidos por los médicos nazis para formarse a la derecha en vez de a la izquierda (la fila a las duchas del mortal Ziclon B)?. Auschwitz que te recibía con el irónico mensaje Arbeit mach frei (el trabajo te hace libre), la gran farsa nazi.

Para escribir sobre ello es preciso retroceder un poco, y describir la primera fase del sufrimiento inhumano que los nazis infligian a sus víctimas. El Miedo; no el común sentimiento que todos solemos sentir muchas veces suscitado por causas ilógicas. Hablo de un miedo que se sabía totalmente justificado, en un mundo donde las leyes ya no te protegían, donde tenías que esperanzarte en hombres uniformados que sabías no eran de fiar. Un mundo donde te decías «no puede ser verdad que nos van a matar, somos millones, están en guerra, nos necesitan».

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Y, ese miedo no era cobardía (como algunos suelen creer), pues se trataba de hombres y mujeres que tenían al lado a sus hijitos, muchas veces recién nacidos, a sus avejentados padres, madres y abuelos. Por simple naturaleza, uno le tapa los ojos a tu niño ante una escena horrible como el hallazgo de un cadáver en plena calle. En las circunstancias extremas del Holocausto, los padres y madres querían hacer lo mismo, arriesgarse a escapar era darles una excusa a los nazis para que cogieran a tu bebito y le estamparan el cráneo contra una pared, esa escena sucedió cientos de veces, hay miles de testigos.

El miedo adherido a la sobrevivencia los hacía subirse a trenes de ganado, viajar hacinados durante días con sus noches, tan apretados que tenías que estar de pié permanentemente o morir pisoteado. El único momento que podías sentarte era para defecar en un cubo de madera atestado de los excrementos de tus compañeros de pesadilla. ¿Podemos imaginarnos en un viaje similar?, nosotros que nos quejamos por las incomodidades de viajar en clase económica de un avión, la verdad es muy complicado hacerlo.

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La llegada a Auschwitz era el traspaso a otra fase del sufrimiento inhumano, la Pérdida de Identidad. Una de las singularidades básicas de la humanidad es tener nuestra propia identidad, pero cuando te forman en filas, desnudos, débiles y desconcertados, donde unos van a la muerte y otros a un calvario más prolongado (sin saber si estás entre los primeros o los segundos, pues te mentían con una pantomima que querías desesperadamente creer), se va perdiendo esa identidad.

Si eras de los que pasaron la «selección» con éxito, continuabas por esa ruta privativa de tu individualidad. Desnudo, en schock, preguntándome qué pasará con tus seres amados que fueron arrastrados a la fila de la izquierda, ibas llegando al tatuador. Ya en ese momento, el pudor era cosa del pasado, te obligaban a estar desnudos y desnudas frente a los SS que veían todo como si fuera una escena normal, común y corriente. Te marcaban como a los animales, y tenías que soportar el dolor sin sobresaltos ni quejas, ya estaban en el piso los restos de aquellos que se resistieron a alguna orden. El número del tatuaje tenías que recordarlo y hacerlo tuyo, en los días sucesivos si decían tu número y no respondías te asesinaban sin más, ese número era tu «nuevo nombre». Te colocaban también un triángulo, uno rosado para señalar que eras homosexual, uno verde si eras un desadaptado social, la palabra BLUTE si tenías una tara mental eras llamado idiota, el rojo a los socialistas, y el más temido de todos, el que te colocaba en el fondo de la jerarquía de ese infierno, dos triángulos amarillos que formaban la Estrella de David, a partir de ese momento no tenías nombre, pero todos sabían que eras judío y te podían matar cuando quisieran. En realidad, ser gitano, gay, socialista, era también una condena de muerte y vejación permanente.

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Te rapaban el cabello, perdías muchos de tus objetos valiosos, y finalmente llegabas a barracas infestas de enfermedades y repletas por otros seres humanos que habían perdido sus identidades en toda esa maquinaria nazi tan bien diseñada para reducirte a una estadística. Muchas veces conceptualizamos que para los gobiernos del mundo la humanidad es una serie de cifras, y seguro tenemos razón, pero no estamos en una situación tan milimetrada para ese fin como la de los campos de concentración nacionalsocialistas. Era tal la pérdida de individualidad, que los pocos sobrevivientes tuvieron que acostumbrarse a ver a un extraño o extraña en el espejo, ya liberados recién pudieron acceder a uno de cuerpo entero, donde su castigado cuerpo les parecía ajeno.

La última fase del sufrimiento inhumano era la Animalización. El día a día en un campo como Auschwitz te transformaba en un ser que antes hubieras repudiado, luchando con tu vecino más débil por el plato de una comida indeseable, pero la única a la que podías acceder en ese escenario dantesco. Robando las pocas pertenencias que pudo salvar de las garras nazis, delatándolo por un poco más de esa comida. Perdías la vergüenza, sólo te sostenía el hambre voraz. Poco a poco te dejabas arrastrar a una indignidad tal que dejabas de cuidar de ti mismo. No te limpiabas ni de tus propios detritos, volviéndote blanco de enfermedades. Pasabas a ser un muerto viviente, a convertirte en los que las SS llamaba «musulmanes», seres deambulantes que habían perdido las ganas de vivir.

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Hubo sobrevivientes, ni una tercera parte de los prisioneros lograron vivir tras este régimen de muerte inhumana. Pero la marca de Auschwitz los persiguió hasta la muerte, no me refiero al tatuaje que más de uno lo retiró de su cuerpo, sino al constante recuerdo de lo que el fanatismo puede llegar a hacer realidad. Esta columna no tiene como objetivo arrancar odios contra los alemanes, siempre he dicho y este año lo comprobé que Alemania es el país que probablemente ha aceptado más enteramente sus responsabilidades y culpas con un crimen genocida. Incluso, en los años 60, los jóvenes de todo el país teutón salieron a las calles a preguntarles públicamente a sus padres: «¿Dónde estaban cuándo sucedía todo este Holocausto?» «¿Por qué no lo detuvieron?». Hasta llegaron a investigar si sus progenitores habían formado parte de las SS o la Gestapo. Tampoco escribir y seguir escribiendo del Holocausto tiene alguna relación con lo que sucede entre Israel y Palestina, muchos de los sobrevivientes ni siquiera eligieron Israel para ir a vivir tras la Guerra, prefirieron otros países como Estados Unidos o las naciones de América del Sur, donde también escaparon los nazis. Escribo del Holocausto, porque el mundo se está convirtiendo nuevamente en el caldo de cultivo de otro genocidio, con gobiernos fascistas, con inmigrantes y refugiados a los que se les está concibiendo como enemigos de los fanáticos, como responsables de todos los problemas económicos. Se está cocinando un nuevo Holocausto y ni nos damos cuenta.

Manuel Salazar Ordoñez

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Categorías:Derechos Humanos, Holocausto, LibrosEtiquetas: , , , , , , ,

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