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La última llamada, el último mensaje antes de la fatalidad


¿Qué sucede cuando lo único que te queda de tu ser amado es la grabación de un último mensaje o un texto de WhatsApp? Algo que muchas otras veces habríamos oído o leído rápidamente, mientras hacíamos mil y una cosa, y que por un incidente fatal terminan siendo las palabras finales que nos dedicó aquel esposo o esposa, novio, amiga, hijo al que ya no podremos ver más. De repente un mensaje que no tenía importancia se convierte en uno de los puntuales de nuestra existencia.

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Adam Sandler y Don Cheadle en una dramática escena del excelente filme Reign Over Me

Pensar en todo esto es consecuencia de ver esta semana una excelente miniserie británica llamada La Viuda (The Widow) con Kate Beckinsale que comentaré en unos días. No es ningún spoiler ni termina siendo relevante en la trama de esta serie, pero ver a la protagonista escuchando una y otra vez el último audio de su esposo me puso a pensar en lo complicado de una situación como esa. Algo que ya había visto en profundidad en el filme de 2007 Reign Over Me.

Dicha película cuyo título se tradujo como La esperanza vive en mí es uno de los poquísimos trabajos dramáticos que le recuerdo a Adam Sandler. Él interpretaba a un hombre que había perdido su conexión con la vida real tras la muerte de su esposa e hijas en uno de los aviones secuestrados el 11 de septiembre del 2001, sin embargo, la trama nos muestra que muchas de sus incoherencias (como era decorar y redecorar su apartamento todos los días) estaban vinculadas con la última vez que se comunicó con su mujer, momentos previos a que subiera al avión siniestrado.

Lo primero que es pertinente indicar sería que este tipo de últimos mensajes del fallecido la mayoría de las veces no fue planeado, ni siquiera sabía que eran sus últimas palabras. Por lo que sería lógico no tomarlas como una brújula de nuestras vidas, aunque es más fácil decirlo que hacerlo. En momentos de duelo estamos más cercanos a la ilógico que a lo que dicta la lógica. Hay casos más tristes, en accidentes automovilísticos, donde la víctima se distraía de su tarea al timón por escribir mensajes de texto.

Así fue el deceso del recordado actor Paul Walker, estrella de la saga Rápidos y Furiosos. Le escribió un mensaje a su madre mientras manejaba a toda velocidad para llegar a una cita atrasada. Un sector de la voraz prensa de farándula estadounidense responsabilizaba a la progenitora de Walker por sostener ese dialogo textual, aunque está clarísimo que en estos casos el verdadero responsable es el chofer que no debe estar comunicándose mientras conduce. Algo similar pasó con el futbolista Sandro Baylón que murió en un accidente en la bajada a la playa por contestar llamadas de celular.

Al recopilar información para esta columna leí la noticia de los tristísimos mensajes de despedida que le dedicaba un hombre a su madre, escondido en el baño de una discoteca en Miami, le confesó a su mamá que un desquiciado asesino estaba matando a todos en el club nocturno y acababa de entrar al servicio higiénico. La víctima Eddie Jamoldroy Justice fue uno de los asesinados del homicida Omar Mateen en 2016. En otro lado del mundo, la Isla de Utoya (Noruega) fue el salvaje escenario de un atentado terrorista de un solo hombre contra centenares de adolescentes que estaban de acampada en un evento anual bastante popular del país nórdico. Unos 77 muchachos perdieron la vida ese fatídico 22 de julio del 2011, varios de ellos llamaban desesperados a sus padres pidiendo ayuda.

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El terrible escenario de la masacre en la Isla de Utoya (Noruega) donde un terrorista asesinó a 77 adolescentes

Todo esto me llevó a tropezarme con otra noticia que habla de una iniciativa de la Universidad de Medicina de Stanford (California) donde se ha creado el Proyecto Cartas a Familiares y Amigos que fomenta a escribir con el debido tiempo y discernimiento misivas de despedida a los seres queridos, donde se exprese el amor o, incluso, se resuelvan conflictos pendientes. El primer nicho de esta idea fue para los pacientes de la tercera edad antes que el inevitable desgaste los limite a no tener muy en claro que querían decir. Pero, posteriormente se ha ampliado a todos los que desean tener una carta de despedida a sus allegados, algo que pueda ser mucho más significativo que una última, apresurada y, muchas veces, inconsciente llamada.

Yo por lo pronto dejaré algo escrito para una situación inesperada, usando la idea de Stanford pero por la libre.

Manuel Salazar Ordoñez

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