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Oscar 2018: Lady Bird no es otra simple película de adolescentes, es mucho más


La mejor apreciación que he escuchado estos días sobre Lady Bird es que no se trata de una historia inusitada e increíble, sino de un testimonio bastante común de los primeros pasos de una adolescente en el camino del autodescubrimiento y la madurez. Es común, pero lo que no es para nada cotidiano es la excelente manera en que lo cuentan. Se aborda con una autenticidad tal que no queda más que aplaudir la labor como directora de Greta Gerwig, pero sobretodo la notable actuación de Saoirse Ronan en el rol protagónico.

ladybird

Mostrar lo cotidiano y convertirlo en una gran película no es tarea sencilla, siempre va a ser más atractivo ver, por ejemplo, la historia de un adolescente trastornado, o de un ídolo ya sea de rock o del cine, y hasta de algún púber que haya logrado convertirse en líder de opinión. Pero, Lady Bird (el nuevo nombre que el personaje de Saoirse Ronan– Christine McPherson decide llevar) no es tan diferente a muchas chicas que se sienten extraviadas durante la adolescencia.

La trama es tan contundente que no tiene que recurrir a elementos melodramáticos extremos, como las drogas, el abuso sexual o el maltrato paterno, para pintar este pedazo de la vida de una mujer que deja de ser una adolescente para empezar a ser una joven. Enfrentada a las preguntas que todos nos hacemos en esa etapa de la vida, sobre nuestro futuro, la independencia, el mirar a otros con envidia y no apreciar lo que tenemos. Lady Bird es un filme humano, espejo de la vida misma, un traje que alguna vez usamos y guardamos luego en el baúl de los recuerdos.

Es una película que me gusta clasificar como “adolescente” pues aunque el tema sea serio, trascendente y con justicia nominada al Oscar 2018, es justamente una obra que recoge una fracción de la vida que es corta e incomprendida. ¿En cuántas conversaciones escuchamos hablar mal sobre la adolescencia? Muchísimas veces. Pero, acaso, no es también una etapa que secretamente añoramos, cuando tomamos esas decisiones que nos definen, donde nos equivocamos y pensamos que era “el fin del mundo”, nuestro primer amor y varios de los sucesivos, los años en que aprendimos a escuchar música y ver cine. El tiempo que creímos poder “cambiar el mundo”. Lady Bird nos recuerda todo ello.

Todos nos mimetizamos con Saoirse Ronan, una adolescente no especialmente agraciada, dueña de una inconforme forma de ser, que ve como enemiga a su madre (formidable interpretación de Laurie Metcalf, al igual que Ronan nominada al Oscar) a pesar de que es una mamá normal que quiere y sufre con las determinaciones de su hija. Y, nuevamente, Lady Bird se mantiene coherente con el hecho de no salirse por la tangente de mostrar a una progenitora desinteresada o negligente. Sigue siendo una realidad totalmente identificable para los espectadores. O, acaso, ¿no hemos tenido infinidad de discusiones con nuestros padres, a pesar de que eran bienintencionados y nos querían?

Regreso al título de esta columna, Lady Bird no es una simple película de adolescentes, no es una historia de amor y música al estilo High School Musical y sus edulcorados derivados de la factoría Disney. No es una “calentona” historia de adolescentes que buscan vencer la barrera de la virginidad (American Pie, Proyecto X o la ochentera Porky’s). Es la cara seria y real de la adolescencia, la verdad, lo que vivimos. Similar a Juno (2007), pero sólo similar porque en esa cinta (también nominada al Oscar de ese año) la chica estaba embarazada (un problema bastante común, pero no necesariamente un reflejo tan generalizado como el de Lady Bird).

Queda claro que recomiendo no dejar de ver Lady Bird, está en cartelera y vale mucho la pena. Eso que no menciono la participación de una eficaz Beanie Feldstein como la amiga de la protagonista. O Lucas Hedges (que el año pasado deslumbró con Manchester frente al Mar) y Timothée Chalamet (nominado al Oscar este 2018 por su intenso papel en Call Me By Your Name), los intereses románticos de Christine. Vaya al cine a verla, y recuerde: “todos fuimos adolescentes”.

Manuel Salazar

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