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Comer en España: De jamones, bocadillos, tapas y pinchos


Nunca he podido comprender a aquellos que viajan y no salen de su zona de confort en lo que a comida se refiere, hay personas que se limitan a buscar las cadenas de comida rápida que están por todo el mundo con la misma oferta prefabricada (y muchas veces elaborada en condiciones insalubres, como se ha comprobado en algunos locales limeños de fast food internacional). En España hubiera sido un desperdicio no probar las delicias que te esperaban en cada local.

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Voy a recordar con cariño al Bar Longares que recibió calurosamente a este periodista, no sólo con su muy necesario servicio de wifi, sino también con un bocadillo de bacon con queso. Delicioso en su simpleza. Los desayunos también eran abundantes con porras (una suerte de churros sin relleno), ideales para comerlos con el café o la leche, así en plan madrugador.

En mercados me deje conquistar por el de Madrid, como el céntrico Mercado de San Miguel. Es lo que se conoce como un mercado gourmet, donde uno va más a comer y beber que a comprar insumos para la casa. El jamón es de lo mejor, además de una gama de embutidos que te venden hasta en porciones personales. Pero hay de todo, comida japonesa, mariscos (deliciosos bocadillos-sánguches de calamares), dulces y claro vinos, licores y cervezas (para este columnista fue agradable descubrir que la cerveza sin alcohol se encuentra por todos lados).

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Un restaurante dividido en cuatro espacios gastronómicos y cuatro barras, El Nacional de Barcelona. Concebido a todo lujo, con luminosas arañas (lámparas) en los techos, hasta el baño es marmoleado y vistoso (como se puede ver en este indiscreto video). Con mis amigos de viaje, liderados por Ángel Pérez y Zuliana Lainez, nos sentamos a tomar una cava y a probar algunas tapas y bocadillos. El mercado catalán también nos llenaría el ojo, con frutas, dulces, vinos y cavas, y una sabrosa butifarra (más parecida a lo que llamamos chorizo que al sándwich de jamón del país y salsa criolla que conocemos en Lima).

En un restaurante de Madrid, siempre con Ángel y Zuliana, nos sentamos a descansar el cuerpo luego de haber dejado volar el alma por las galerías del Museo del Prado, donde nos impresionaron cuadros como el muy gráfico Saturno devorando a su hijo de Goya (que nos llevó a reveladoras meditaciones y debates). Ahí, en el restaurante, me encontré con los llamados “pinchos”, apetitosas y generosas porciones de comida depositadas sobre panes. La inventiva y variedad es tal como las del queso frito, una experiencia inolvidable degustarlos.

La noche sevillana la recordaré con mis amigos, en un céntrico bar comiendo y bebiendo, unos jamones que fueron un placer madrugador, previos al sucesivo tributo de tener que caminar durante dos horas al hotel. Otro plato que no quiero dejar de mencionar es el de los huevos rotos con jamón, una mezcla de los clásicos huevos fritos, patatas y jamones, tan simple como innovador.

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Ya lo ven, si me hubiera limitado a lo conocido, me hubiera perdido todo esto. Claro, a veces la billetera no alcanza para visitar algunos restaurantes, en Francia me quedé con las ganas de comer en el lujoso restaurante de la Torre Eiffel Le Jules Verne. Claro es un capricho costoso, y necesitas reservar con mucha antelación, no por gusto goza de la ubicación en el segundo nivel de la torre y con una Estrella Michelin. Ya será para la próxima.

Manuel Salazar

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