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Se presume la culpabilidad y no la inocencia: Desdibujan las leyes


“Inocente hasta que se demuestre lo contrario”, esta es una máxima legal que hemos escuchado en múltiples ocasiones, películas de cine, series de televisión, libros y es circunscrita a la mayoría de constituciones de países democráticos, como la del Perú. Donde el artículo segundo expone: “Toda persona tiene derecho a la libertad y seguridad personales. En consecuencia, toda persona es considerada inocente mientras no se haya declarado judicialmente su responsabilidad”. No obstante en muchos procesos judiciales sucede lo opuesto, “se es culpable hasta que se demuestre lo contrario”.

No es lo mismo demostrar la culpabilidad que la inocencia, es (con los recursos de la Policía y la Fiscalía, que además tienen información privilegiada y el derecho de acceder a los hechos antes que la defensa) mucho más fácil acusar, varias veces en base a confesiones obtenidas con métodos reñidos con la ley. Pasa en el Perú, pasa en el mundo, y con la mayor facilidad se condena a prisión a individuos inocentes, cuyas vidas son literalmente “rotas”.

Hay muchos factores que intervienen en estas crasas injusticias, desde la presión mediática (que refleja la presión popular), hasta el poder político que exige resultados a corto plazo. Se buscan urgentemente culpables, sobre todo con crímenes muy sensibles: como son asesinatos de amplia difusión y crueldad, violencia sexual e infanticidios, feminicidios, etc. Se fabrican confesiones en base a torturas psicológicas, mentiras y abusos físicos. Ser llevado a un interrogatorio policial puede ser traducido como la privación de tus derechos constitucionales.

En el Perú hemos visto graves acusaciones que suelen derivar en condenas, donde basta ver los pormenores del caso para encontrar “huecos legales” que hasta los meros espectadores televisivos perciben. Otras veces hay exoneraciones como el caso de Eva Bracamonte Fefer y el homicidio a su adinerada madre Myriam Fefer (que fue la comidilla de los medios) cuyo veredicto final deja más dudas que certezas.

Pero, el caso más simbólico en el Perú es el de Jorge Villanueva Torres, el hombre sobre el que pesó la última condena a muerte de nuestro país, conocido como el Monstruo de Armendáriz. Este proceso de 1954 ha recibido una adaptación cinematográfica (la aburridísima opera prima de Francisco Lombardi, Muerte al Amanecer / 1977) y hasta una irreverente canción de los rockeros Los Nosequien y Los Nosecuantos. Este jueves 23 de marzo se inicia la cortísima temporada de la puesta en escena de El Monstruo de Armendáriz, centrada en el juicio a este hombre acusado de violar y matar a un niño, delito por el que es finalmente condenado a morir fusilado (en 1957). La sentencia se cumplió, pero el fallo fue tan escandaloso y racista (Villanueva Torres era un afroperuano) que hasta hoy persiste la indignación. Incluso la autopsia reveló que el niño nunca fue ultrajado sexualmente y que habría muerto a causa de un choque automovilístico. Es nuestra versión real del clásico de la literatura norteamericana Matar a un Ruiseñor. La obra se presentará hasta el 27 de marzo en el Lugar de la Memoria, la tolerancia y la inclusión social (Bajada San Martín 151, Miraflores). Merece verse.

Aunque es válido añadir que esta es una realidad mundial, en los Estados Unidos se fundó en 1992 el conocido Proyecto Inocencia (que incluso ya llegó al Perú). En base a pruebas de ADN, que en el momento de las condenas judiciales no eran aceptadas legalmente, se ha logrado la libertad de cientos de personas, no sin desentrampar sendos obstáculos judiciales. Uno entendería que las autoridades debían estar prestas a enmendar sus errores, pero no es así.

El hacinamiento en las cárceles tampoco es un obstáculo para condenar a inocentes, pues hay poderosos intereses particulares y empresariales en la construcción de centros penitenciarios. Algo que queda demostrado en dos interesantes y reveladores documentales norteamericanos: Enmienda XIII (nominada al Oscar y que además expone el racismo en las condenas) y Kids for Cash (donde se denuncia la real naturaleza de condenas a niños y adolescentes que llenaron los bolsillos de dos jueces de Pensilvania). Ambas producciones las puedes ver por Netflix, te generarán reacciones ante la injusticia.

Para cerrar esta columna, que hace tiempo tenía en el tintero, otras dos recomendaciones de países como Italia e Israel. Dos casos donde la manipulación de las pruebas, el uso de extranjeros como “chivos expiatorios”, la presión mediática y las confesiones amañadas tuvieron mucho que hacer: Amanda Knox y La Sombra de la Verdad (Shadow of Truth). En el primero se hace justicia a una joven estadounidense acusada de asesinar a su compañera de habitación en Perugia (Italia), en el segundo se condena sin pruebas, con serias irregularidades y una confesión forzada (que además es grabada) a un ciudadano ruso por el homicidio de una adolescente israelí. Las dos series sobre hechos reales también las hallarás en Netflix.

Estamos frente a una verdadera crisis, que ya lleva siglos de existencia, muchas veces opinamos desde la comodidad de nuestros hogares como si estos dramas humanos fueran sólo un show televisivo. ¿Cómo reaccionaríamos si un familiar o allegado estuviera siendo condenado injustamente? Se exigen resultados en investigaciones de crímenes sensibles, pero deben ser resultados veraces. Las pesquisas tienen que “quemar todas las etapas” y llegar a condenas justas.

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Categorías:Coyuntura, Derechos HumanosEtiquetas: , , ,

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