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El Oscar hace rato que es más un show que una premiación seria


Hace ya un buen rato que el Oscar no es considerado como un gran referente de calidad cinematográfica, existen otras opciones, otras premiaciones, otras filmografías mucho más interesantes que no son ni la estadounidense ni la británica (las únicas dos que compiten en las máximas categorías). No se le puede negar la espectacularidad ni ser el “centro de la noticia”, pero tampoco premia a lo “mejor del cine”.

Para muchos amantes del sétimo arte el Oscar comienza a perder su brillo en la década de los 90, con decisiones populistas o “políticamente correctas” que poco o nada tenían que ver con premiar a la Mejor Película. En 1990, se decidió darle el Oscar a Conduciendo a Miss Daisy, y premiar al director de Nacido el 4 de julio (Oliver Stone). ¿Por qué esa dualidad de conceptos que hoy es moneda común en las decisiones de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas?

Se debe a varios aspectos, ninguno ligado a la lógica o a la calidad. Al cineasta sólo se le puede juzgar por la calidad de la película, que es el producto final que vemos en pantalla. Si la película es la mejor, entonces el director es el mejor. Darle a uno el premio al director y a otra cinta el “Oscar de la noche” puede ser útil para contentar a la audiencia, por reconocimiento a un realizador más conocido (que otros años se ha ninguneado) o por no darle protagonismo a un filme que perturba a los “pacatos” viejitos que toman decisiones.

Ejemplos, Nacido el 4 de julio (ofendía a los combatientes de Vietnam), en 1999 querían reconocer a la heroica y muy “norteamericana” cinta de Steven Spielberg Rescatando al Soldado Ryan y no molestar a los que legítimamente preferían Shakespeare enamorado. Pero lo peor sucedió en el 2006, simple y llanamente no se le quiso dar un Oscar a una cinta gay como Secreto de la montaña, se premió al director Ang Lee, pero al filme no. Entonces se seleccionó a la más endeble de las participantes: Crash, ocasionando la burla del propio Jack Nicholson que entregaba esa estatuilla. Hoy, el realizador de Crash, Paul Haggis, admite que no debió ganar el Oscar.

El populismo, que busca levantar el rating del Oscar es culpable de tremendos estropicios, premiar Titanic en vez de filmes como Mejor… imposible o en Busca del destino es ceder a la presión de un público que remarca la taquilla en perjuicio de la calidad. Es lo que hoy pasa en la TV, se le dan Emmys a Game of Thrones no por ser la mejor, sino por ser más vista.

Ya el 2016, el escándalo fue mayúsculo al no nominar a ningún actor negro, amenazas de boicot, conferencias de prensa y mea culpas donde se admitió públicamente que el Oscar lo manejaban un grupo de ancianos de “cerrados criterios” han propulsado este año unas nominaciones donde se privilegia el tema del racismo. Se ha llegado a decir públicamente que las productoras apostaron por este tipo de filmes sabiendo que las nominadas dispararían por ese derrotero.

Sin embargo, este columnista no se perderá el Oscar esta noche (26 de febrero), por responsabilidad laboral y también por la expectativa. Se supone que La La Land ganará el Oscar a Mejor película, en una decisión “populista” más pues no es la mejor. Aunque el “gran premio” podría ir a parar a manos de alguna de las tres opciones antirracismo (Barreras, Luz de luna o Talentos ocultos). La sorpresa sería Manchester frente al mar, que cumple con los criterios de calidad y no tiene actores de color… A ver ¿quién gana?

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