Oliver Stone y la pérdida de inocencia de los EEUU


Ante la escasez y pobreza de la mayoría de la filmografía actual norteamericana, salvo honrosas excepciones como Misión rescate y  la ganadora del Oscar Birdman, muchas veces resulta recomendable darle una segunda vista a películas clásicas, de los 80 y 90 que conocemos de buena factura. En esos años, Oliver Stone era un referente inequívoco de excelentes producciones.

Hace poco volví a ver JFK, que cuenta la investigación del fiscal general de Nueva Orleans sobre el asesinato del Presidente John F. Kennedy. Se trata de una cinta sin concesiones, dirigida para espectadores que manejan las circunstancias, por lo menos las principales, del magnicidio que conmocionó no sólo a los Estados Unidos, sino a todo el mundo.

Además, JFK es lo que llaman una película de largo aliento que va por las tres horas de duración, pero con un ritmo tan enérgico que no aburre, incluso te deja pidiendo más. Rompe con el molde de aquellos años, donde todavía se sostenía la ridícula “versión oficial” del homicidio de Kennedy, supuestamente perpetrado por Lee Harvey Oswald.

Es cierto que todavía los libros de historia y los anales judiciales señalan a Oswald como el culpable. Pero los hechos demostrados en JFK, y tantas producciones que le siguieron, se tiran abajo esa burda hipótesis. Sucede que ese 22 de noviembre de 1963, los Estados Unidos terminaron con aquel “estado de inocencia” que siempre se había buscado proyectar a su población, que empezaba a preguntarse medio a escondidas ¿quién realmente asesinó al presidente?

La  cinta de Oliver Stone lanza el listado de sospechosos habituales, desde la CIA hasta el FBI. Las agencias dedicadas a la protección del ciudadano, y por supuesto de su primer mandatario, le habrían bajado el pulgar por su reticencia a entrar en guerra, ya sea contra Cuba, la Unión Soviética o Vietnam, es decir contra el malévolo comunismo. Ya se sabe que los conflictos bélicos son un negocio, hoy lo son Irak y Afganistán, y es de entender que muchos de los que presionan por una Tercera Guerra Mundial contra el terrorismo islámico lo hacen con el signo de dólares en sus ojos.

Se habla de “pérdida de inocencia” porque los siguientes años fueron hundiendo a los Estados Unidos en una severa crisis institucional, llegando a grandes picos con el escándalo del hotel Watergate, que derivó en la deshonrosa renuncia de un presidente. Un tema que también abordó Oliver Stone en el filme Nixon, que se le podría llegar a percibir como una segunda parte de JFK.

Llegando casi al final de la columna, es importante entender que Oliver Stone dirige películas que tienen mucho de su propia forma de ver las cosas, se trata de un cineasta político con amistades conocidas con Raúl Castro y el fallecido Hugo Chávez. Pero, lo expuesto en JFK resiste cualquier sesgo de apegos políticos, nadie en su sano juicio puede seguir defendiendo la idea de un solo francotirador. A menos que quiera caminar a ciegas.

En unas semanas, Oliver Stone estrena Snowden. El caso del hombre que filtró información clasificada de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) a los medios de comunicación. Un tema de palpitante actualidad que puede sumar impacto gracias a la batuta del controversial cineasta.

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