Un Terminator más chiquito, pero peligroso


Un sueño afiebrado, una de esas pesadillas de las que despiertas sudoroso y agitado, donde te internas en una historia de la que no encuentras escapatoria. Al igual que en las taquilleras películas de Arnold Schwarzenegger, donde el androide futurista Terminator arrasa con el mundo que conocemos y cohabitamos, me encontraba en una realidad controlada por las maquinas.

Ahí no habían los esqueletos triturados del filme de James Cameron, ni tampoco un ambiente lleno de muerte. Más bien, se trataba como de un mundo de autómatas, de seres que ya no eran tan humanos como los recordaba. Todos guiados por pequeños dispositivos que iban robándoles todo aquello que los identificaba como los “reyes de la naturaleza”. Y, lo peor, es que no eran conscientes de este robo.

Uno podía entrar a un salón repleto de “personas” y no recibías ni un tímido saludo, todos estaban concentrados en sus máquinas. Se comunicaban mediante ellas, a veces con gente que estaba en el mismo ambiente, ¡A su costado! Esa misma escena se repetía en los más íntimos escenarios, en las casas familiares, en la mesa que compartían para comer, con sus hijos, con su pareja, hasta en la cama donde hacían el amor.

Los basureros estaban llenos de libros, cómics, revistas. Exclame: ¡Qué triste! Un mundo donde nadie disfruta de la lectura. Uno de los autómatas me respondió sin mirarme la cara (no había desprendido la mirada de su maquinita): “Leemos, sólo que ahora es mejor hacerlo con este aparato”. Aproveché que me estaba hablando (pues muchos te soltaban una oración y luego ya no te volvían a responder por más que seguías la conversación) y añadí rápidamente: “Pero, uno con la lectura imagina los escenarios que te va pintando el autor, bosques, culturas, países lejanos, gente distinta”, “quieres todo eso, aquí está”.- respondió mi interlocutor mostrándome el aparato que iba soltando imágenes de un bosque, la cultura incaica, un país de África, una comunidad amish (hasta ahí empezaba a asomar esta tecnología). Yo le dije: “No se trata de fotos, sino de imágenes mentales, usando la fantasía, no hay que tener todo digerido”, al parecer le aburrí, pues ya no me volvió a hacer caso.

Así, de persona en persona, me fui enterando de distintas áreas que uno en la “vida real” da por sentados y en esta pesadilla tecnológica ya no existen: a las amistades uno nos las va cosechando en sus vidas, sino las convocas por medio de máquinas, en la gran mayoría de casos a gente que ni conoces ni conocerás. Para conducir un auto “confías” en otra clase de maquinitas que te dicen por dónde y sigues sus instrucciones infaliblemente, te han cambiado el nombre por un código (si lo olvidas parece que no existes), para colmo de colmos las emociones ahora se expresan por dibujitos que parecen caricaturas, a las parejas e hijos se les preguntan “¿estás bien?” sin mirarlos a la cara.

Ya sintiendo que este mundo me agobiaba por completo, de repente se me acercó una chica que me sonrió, uaau por fin un ser humano me sonríe en este extraño sueño. Me llamó la atención que llevaba un logotipo en su camiseta que había visto en varias de las mencionadas maquinitas, y de frente me ofreció venderme una. Yo respondí cortésmente que “no”. Pero la joven siguió hablándome como si no hubiera dicho nada, señalaba que no me costaría casi nada, que era “necesario” tener ese dispositivo, que si no lo tenía era como si no existiera… De pronto desperté, pero salí a la calle y comprobé horrorizado que no se trataba de ningún sueño (así como en las clásicas películas de terror), la pesadilla se había vuelto realidad, miré la fecha… era el año 2016.

OJO: Algunas precisiones, con este breve relato no pretendo desmerecer las bondades de la oferta tecnológica, sino reflexionar sobre el abuso de ella en nuestras vidas. Sería incoherente condenar la tecnología y usar una red social como Facebook o Twitter para publicar mis ideas. Sin embargo, creó que es importante poner límites en nuestras vidas para nuestro trato con las “maquinitas”, los teléfonos pueden ser “inteligentes”, pero nosotros tenemos que serlo más. Las fronteras las coloca uno mismo, pero para hacerlo BIEN debemos reconectarnos un poco con el mundo real y ver lo que nos estamos perdiendo.

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